Kelly se despertó un par de horas después. Se levantó con cuidado, para no despertar a Patrice. Abrió la puerta silenciosamente y se fue corriendo, pero era tan liviana que sus pasos apenas se sentían.
Esa noche Kelly llegó muy tarde a su casa, mucho después de las doce.
Entró sin disimular, tiritando, a pesar del calor primaveral. Fue al baño y se miró en el espejo. No vio nada. Sólo un rostro dibujado encima de papel de servilleta. Comenzó a llorar frustradamente. Nadie en el mundo podría comprender ese extraño dolor. Esa sensación de saciedad que le resultaba tan agradable, pero tan repugnante a la vez. Pero a pesar de todo estaba alegre. Había pasado la tarde con él, algo que creía imposible. Pero, ¿de qué le iba a servir eso? Como fuera, Patrice nunca la querría, nunca, ni él, ni nadie, nunca.
"Soy un desastre, soy un desastre".
Pronto, el llanto silencioso se convirtió en fuertes sollozos, ahogados apenas por una toalla.
"Quiero ser feliz. Nada me hace feliz" De nuevo los mareos, de nuevo las convulsiones.
"Yo no le hago mal a nadie... yo sólo quiero ser feliz" La boca se le llenó de un líquido salado.
"Patrice. Patrice" Todo se desvaneció.